Libros - Mauricio Orellana

Cómpralo aquí o desde este otro sitio.

Agrégalo !

Cuántos estan viéndonos?

Tenemos 1 invitado conectado(s)

Canarias Gayles

Visitantes

Tu IP
38.107.179.234
United States United States :
Navegador
Unknown Browser Unknown Browser
Sistema Operativo
Unknown Operating System Unknown Operating System


Escritor Invitado
PDF Imprimir E-mail
Jueves, 25 de Agosto de 2011 09:34

Santiago Bosco

Escritor y Poeta uruguayo

Bohemio de naturaleza intrínseca

Fiel sesentero y rockero

Gran amigo de Alex de Valente

 

Luciérnagas Aplastadas

 

...como te venía diciendo, era bastante difícil saber bien cuando empezó a pasarle. Nunca llegué a hablarlo con él en profundidad. Se ponía demasiado nervioso y de alguna manera me contagiaba esa inquietud y yo terminaba cambiando de tema. Lo veía cada tanto, cuando me lo encontraba por la calle y también en lugares en lo que no tenía por qué estar y a los que no sabía cómo podría haber llegado. O a mí me parecía. El caso es que se le empezaron a poner los dedos luminosos, de a poco. Había tocado el saxo antes pero ya no podía por la artrosis. Creo que fue más o menos a partir de que le empezó la artrosis deformante que también empezó a ver la luz. No sé.

Al principio, si era de día o estaba en un lugar iluminado no se daba cuenta. Porque la luz que le salía de los dedos era muy tenue. A los pocos días de que lo despidieran de la curtiembre él ya se había mudado a un recoveco del Templo Inglés. Y ahí, en una noche de enero vio claramente la luz en la yema de sus dedos cuando estaba rebuscando en una bolsa una manzana que había rescatado de los restos de la feria de Rio Branco y Canelones. Aparentemente el fenómeno había comenzado antes, pero no quiso verlo. Por eso no sé, si fue cuando lo echaron de la Sonora Caribeña por alcoholismo o cuando el tío Fer le consiguió el trabajo en la curtiembre. Pero yo me lo empecé a encontrar ahí, en los alrededores del Templo. Y ahí me lo contó. Le gustaba hablar conmigo. Pensé que era un desvarío cuando me lo contó. Sí, ya lo conocía de antes, de cuando lo escuchaba improvisar en la Peña del Jazz. Y a mí me pareció, pero no dije nada, que ya en aquel entonces algo de la luz de sus dedos se reflejaba en las llaves doradas del saxo.

El asunto es que para mí empezó a ser un problema, alguien en quien pensar, el día en que creí verlo caminando por la Avenida Getulio Vargas en Porto Alegre. Iba caminando como los niños, a saltitos, tocando las paredes y haciendo deslizarse los dedos en las varillas de hierro de las cercas, clan, clan, clan...Pensé que seguro no era él, porque, ¿Me querés decir cómo había hecho para llegar hasta allí, novecientos kilómetros de Montevideo, sin un peso, un pichi...Así que no me acerqué. Hay gente que se parece mucho a otra gente. Lo dejé irse, desaparecer entre toda esa gente incontable y tan anónima de las ciudades brasileñas. No era él, seguro. Me quedé con eso en la cabeza por un rato y volví a salir de noche para comprar cigarrillos, y ahí, en la calle ya desierta de ruidos y gente, esa noche, fue cuando se me metieron por primera vez en los ojos, en la penumbra de la Getulio Vargas esquina José de Alencar, las manchas luminosas de dedos que brillaban en todas las paredes y en los hierros de las cercas. Si alguna vez aplastaste una luciérnaga sabés de lo que estoy hablando, la luz te queda en los dedos y si los pasás por un muro, la luz queda pegada. Bueno, era así. Como pasta pegada de luciérnaga muerta. No se lo conté a nadie.

Y volví a Montevideo.

No me olvidé, pero hice como si.

 

A la semana más o menos de eso que te conté antes, me lo encontré. Estaba en la esquina de Durazno y Convención, al lado del contenedor de basura, donde sospecho que dormía, y ahí, después de una charla insustancial sobre las injusticias de la vida y darle algún peso, le pregunté si había estado en Porto Alegre. Lo negó mirándome con cara de asombro. Pero nunca sabré si real o fingido. La ropa del tipo me impresionaba. En especial el borde espeso del estropeado sobretodo al que antes estrujaba con sus dedos artríticos, desformando los ojales. Ahora ya no hacía eso, tenía las manos siempre ocultas en los bolsillos, porque, como me contó como al descuido, las palmas le habían también empezado a brillar con esa luz naranja, como de fundición de acero, le pasaba más que nada los Viernes, cuando empezaba a llegar la gente a los bares de la Ciudad Vieja, ya cayendo la noche. Y me mostró una mano, una sola, que sacó del bolsillo como quién saca una joya, ocultándola de otras miradas entre su cuerpo y la pared.. Era una luz naranja, no muy fuerte, aunque la piel aparecía como resquebrajada envolviendo esa luz, igual que las cascaritas que se forman en las fundiciones en la superficie del acero fundido. Se parecía también a la imagen de las manchas solares que muestran por la tele. Parecía que adentro se movían cosas. Cosas que no me animé a mirar bien. Sentí un mareo. No le dolía. Me fui. No le di la mano como otras veces. Me fui con la luz estampada en la retina por varios días.

 

Creí verlo un anochecer en Punta del Diablo, parado con los brazos extendidos y las manos como dos soles de ocaso, arriba de aquella roca que es como una teta con pezón y todo, pero ya no quise pensar y además yo estaba muy pasado de alcohol y no sé si lo vi o no.

 

Y después me empezó a pasar lo de los bares.

Vos sabés que yo tengo como una manía de ir a los boliches viejos, los de mármol rosado y mostrador de roble, no soporto los bares nuevos de luces hirientes y acrílicos limpios. Prefiero ir solo a esos boliches viejos y escasos. Y me pido una con limón y me gusta cuando miro el mostrador y siento como que todos los mamados que por ahí pasaron están ahí, conmigo. Pienso cuántas vidas al pedo, o no. A veces no pienso nada, miro las vetas del mármol y me imagino cosas. Pero ese día, ahí en Paso de la Arena no era mi imaginación. Y yo todavía no estaba borracho, y ahí, en el mármol, como ventanitas abiertas a un magma naranja que estuviera en el interior del mostrador, ahí las vi, a las manchitas de luz, cinco manchitas que brillaban suave. Cinco huellas digitales deformadas por la artrosis. Como pasta de luciérnagas muertas. Y ahí supe que él había estado ahí. Y no quise preguntar y no sé por qué el gallego, cuando pasaba el trapo para secar el mostrador, por ahí no lo pasaba. No sé si hice bien en tocar las luces.

 

Me siguió pasando, en todos los bares. En todos los que tenían mármol. Así que salí a buscarlo por los alrededores del Templo Inglés. porque vos sabés que yo no creo en nada, que me callo la boca cuando me parece que veo cosas así, porque ando bastante en pedo normalmente y uno tiende a ver cosas si está borracho, pero loco no estoy y esto era demasiado y se me hizo la noche buscándolo hasta que una luz naranja me hizo mirar para arriba y entonces lo vi allá en el último piso del Palacio Salvo, en uno de los balcones de abajo de la cúpula, que nunca hay nadie ahí. Brillaba todo, no te puedo explicar hasta qué punto brillaba todo. Los ojos. Brillaba él y brillaba la cúpula del palacio, con ese resplandor naranja y sordo y fueron brillando cada una de las molduras y ventanas de cada uno de los pisos a medida que él caía con una lentitud desesperante, como si fuera un papel encendido, sin llegar nunca al piso, deshaciéndose en lluvia naranja motitas cayendo sobre la pasiva esfumadas en el aire un silencio un poco y después la nada.

Ahora parece que nadie lo vio. Pero todo el mundo miraba para arriba con ojos naranja.

Se habrán olvidado. Yo no me olvido, yo sí lo vi y no sé qué hacer. Porque ayer cuando terminó mi recital y me incliné a saludar al público, el teclado del piano estaba lleno de lucecitas naranja y me miré los dedos y tenían luz y no tendría que haber tocado las manchitas del mostrador en los boliches y me llegó un ramo de flores color naranja de una admiradora con una tarjeta que dice que me espera en el último piso del Salvo y cuando pienso en esa mujer que no conozco la luz se me agiganta y vengo a pedirte a vos que me retengas, que no me dejes ir no importa lo que diga.

 
PDF Imprimir E-mail
Lunes, 04 de Julio de 2011 15:25

POESÍA INFANTIL…

César González Pennestri

Uruguayo de 12 años

 

Purple Winkes

 

P ink beautiful flowers
U nder the ground
R un as fast as a Lamborghini
P eople plant so it can smell nice
L ike it as much as perfume
E ats lots of water and sunshine too

W inkes smell so nice
I n it are purple seeds
N ight or day
K itKat candies is what they love
E at them for a cure too
S o this proves they are good

*Cesar Gonzalez Pennestri
At 7 years old

 

I am Cesar

I am a gamer, funny and a klutz
I wonder how time moves forward.
I hear the wind blowing
I see people typing around me
I want a PlaystationPortable
I am like a wooly mammoth
I am Cesar

I am caring, gaming, running
I pretend to play the guitar
I am very, very tired
I worry that I will get the swine flu
I cry when I'm pissed
I am like a crazy monkey
I am Cesar

I am games, TV, and home
I say that god almighty is real
I dream about little gnomes marching to their death
I try being a better person
I hope for world peace
I am a Gamer who roots for Nintendo in the console race
I am Cesar

Cesar Gonzalez Pennestri
At 9 years old

 

 
PDF Imprimir E-mail
Martes, 14 de Junio de 2011 08:31

PROLOGO al "Martín Fierro"

de Miguel Angel Morelli

(PROLOGO a la Edicion del Martin Fierro del 2011 de Editorial SALIM, Argentina)

 

 

Es el año 1872. Domingo Faustino Sarmiento se dispone a propinarle a la casa de gobierno ese rosado bonachón que la identificará para siempre. Tal vez mañana, con el tiempo y la moda, su decisión parezca algo extravagante, pero lo cierto es que no son pocas la fachadas que a esa altura ostentan una tonalidad semejante en Buenos Aires. “Rosado como revés de naipe” –le gustará decir a un joven poeta medio siglo más tarde, cuando el color se haya resignado a perdurar además en alguna que otra esquina de almacén.

 

Lo mismo que el rosado de las paredes, muchas serán también las opiniones de Sarmiento que el porvenir habrá de juzgar con extrañeza. Tozudo, arrollador, el sanjuanino es una suerte de huracán y sus aciertos y errores, por cierto, también lo son. Pero el hombre –¿hay que decirlo?- es un político absolutamente coherente con su época, a la que encarna tal vez como ninguno. Por eso no será precisamente por aquel detalle nimio de una mano más o menos de pintura, por lo que su presidencia quedará en la historia. Al contrario, será él quien continúe -y aún profundice- el proceso de consolidación del Estado iniciado durante la gestión anterior (Bartolomé Mitre), y que tendrá su epígono con la de Nicolás Avellaneda. Un proceso cruento, como casi todos los de nuestro país, pero que finalmente habrá de insertar a la república en el marco de la modernidad.

 

El primer censo demográfico nacional -impulsado por el propio Sarmiento- acaba de arrojar cifras lapidarias: sobre el total de 1.736.701 habitantes, existe un 70% de analfabetos, dato coherente con aquel otro que da cuenta de un 75% de familias que viven en la pobreza. Ningún desarrollo será posible -reflexiona Sarmiento- en semejantes condiciones. El futuro no le es en absoluto indiferente. Hasta hace apenas unos años ha permanecido en los Estados Unidos, de donde regresó convencido de que el país del norte se pondrá a la cabeza del desarrollo del siglo venidero. Y eso será posible -intuye- merced a la extraordinaria dinámica que habrán de darle la explotación minifundista de la tierra y la consecuente consolidación de una clase media vigorosa. No le quedan dudas: si Argentina se lo propone, todavía está a tiempo de recuperar lo malgastado durante los años de caudillismo. Claro que para eso será necesito un impulso vertiginoso. Un desarrollo que incluya la creación de escuelas (durante su mandato serán fundadas alrededor de ochocientas), un Banco Nacional que centralice el crédito, un Colegio Militar que sirva para profesionalizar el oficio, la extensión improrrogable de grandes líneas ferroviarias y -piedra angular del proyecto- arrebatarle al indio sus territorios para integrarlos a los de la producción. Sarmiento encarna con lucidez y decisión, como quedó dicho, el proyecto de la que luego será conocida como “generación del 80”

 

 

……………….

 

 

Pero volvamos a 1872. Enfrente mismo de la casa de gobierno (Rivadavia y 25 de Mayo) se levanta el Hotel Argentino. En una de sus habitaciones, un hombre corpulento y de barba espesa devora buena parte de su tiempo empeñado en darle forma definitiva a una obsesión que lo ha venido acechando desde tiempo atrás. Algunos dirán que allá desde los días de su exilio en Santa Ana do Livramento, adonde fue a parar con sus huesos después de aplacado en Ñaembé el levantamiento de López Jordán, a cuya causa sirviera. Otros, en cambio, han de jurar que la idea de un libelo denunciando las injusticias del nuevo orden es anterior todavía, y datan de su estadía en Concepción del Uruguay, cuando el sitio de Paysandú. El dato, en fin, no resulta relevante. Lo trascendente, lo que sí sabemos y es trascendente, es que José Hernández se ha propuesto arremeter contra Sarmiento apelando también él a otra de las armas de su rival, la creación literaria. No es un dato menor: aunque mañana la historia lo registre como una expresión de romanticismo, que acaso lo sea, lo cierto es que casi todos los hombres de la época se sirven indistintamente de la pluma, la espada y la palabra a la hora de dirimir diferencias.

 

 

Hombre de memoria portentosa, buen lector para los de su tiempo, Hernández ostenta hasta aquí una moderada fama que debe a su tarea como periodista. Sin embargo, de ninguna manera lo asiste la presunción de que se trate de un poeta excepcional. No hay duda, él mismo lo ignora. Por eso, y porque la urgencia de la hora lo amerita, no se ha propuesto un texto que resista el paso del tiempo, sino más bien uno que se limite a denunciar la suerte corrida por esos hombres a los que el sistema le ha reservado el papel de carne de cañón en la lucha contra el indio: el gaucho. Hernández quiere denunciar la leva y sus consecuencias, la persecución, el maltrato, el confinamiento de los individuos a la línea de fortines. La sangre del gaucho no es menos valiosa que la de los hombres de levita. Y sabe cómo lograr su cometido: prestándole la voz. Casi todos los antecedentes que le propone la literatura gauchesca (Hidalgo, Ascasubi, Del Campo), descansan en gran medida sobre el humor o la sátira. Hernández los reconoce en lo que valen, pero no ignora que resultará más eficaz a sus designios abordar el tema en un registro que orille lo dramático. Ni farsa ni paradoja, para que a nadie le queden dudas de las suertes de estos pobres infelices. Y en sextinas octosilábicas, más aptas todavía que las décimas del payador, que busca impresionar a la audiencia pero no ganarle la memoria.

 

Hasta aquí, según se sabe, las intenciones del poeta. Pero hay algo que nuestro hombre ignora: será derrotado por el libro. O, para mejor decir, por la potencia lírica y hasta ahí oculta de la propia voz, la extraordinaria calidad de su poesía, el infrecuente poder de síntesis al que apelará, la trágica belleza de sus descripciones.

 

 

………………..

 

 

No pretende este prólogo adentrarse en cuestiones puntuales acerca de lo estrictamente literario de “El gaucho Martín Fierro”, sus antecedentes, su estructura formal, sus particularidades o su legado. Pero algo habrá que decir, no obstante y para ganancia del lector precoz,  acerca de las fuentes que nutren la tradición sobre la que la obra de Hernández se apoya. Como es sabido, nuestro cancionero popular es deudor de aquellos viejos romances monorrimos españoles conocidos como corridos o compuestos, cantares narrativos de los que desciende por vía directa. En lo que refiere estrictamente a la poesía pampeana, son dos sus vertientes: la poesía “gaucha” y la “gauchesca”. En el primero de los casos por lo general se trata de un cancionero anónimo, iletrado la mayoría de las veces, y en la que quien canta es el propio individuo (como en el caso del payador). La poesía “gauchesca”, por el contrario, nace de aquellos poetas cultos que, sin ser gauchos, reproducen su registro. José Hernández, por origen y formación, no es en absoluto un gaucho, todos los sabemos. Pero la vida lo ha llevado a tratarlo de cerca, a frecuentar sus asuntos, a reconocer sus modulaciones. De modo que habrá momentos en el “Martín Fierro” en los cuales de ninguna manera pueda decirse que sea su entonación la que module, escondida detrás de los personajes, sino que son éstos, sus criaturas, las que cantan con total independencia. Borges ha anotado que difícilmente un gaucho hubiera condescendido a la queja, o demorado en referencias autobiográficas. Su vida cotidiana, siempre miserable, era demasiado poca cosa como para merecer el halago de una guitarra. Por el contrario, el ejercicio del arte es, para el pueblo, un ejercicio serio y hasta solemne, digno de temas elevados. Por eso Hernández, que en su afán pedagógico sí necesita de la descripción, de a ratos se permite “soltarle la mano” a sus personajes, hasta el punto de olvidarse que se deben a un autor. La celebrada payada de Fierro con el moreno, adonde se abordan cuestiones metafísicas como las del tiempo, la eternidad, el canto del mar, el peso y la medida, está en ese sentido más próxima al verdadero “decir” de aquellos verseadores que a cambio de un trago y algún que otro patacón para los vicios, entretenían a la clientela.

 

…………………………..

 

 

La primera parte de “El gaucho Martín Fierro” aparece este mismo año (1872) en forma de folleto, editado por la firma La Pampa. Su éxito es inmediato. En los pedidos que hacen llegar desde la campaña, los pulperos mesturan las gruesas de fósforos, las barricas de cerveza o las cajas de sardinas con  ejemplares del libro. En siete años agota once ediciones, algo así como cuarenta y ocho mil ejemplares, cifra descomunal para la época. Hernández, mientras tanto, debe huir a Montevideo, desde donde vuelve a tomar contacto con López Jordán. Pese a que Sarmiento pone precio a sus cabezas (cien mil la del caudillo, mil la de nuestro poeta), para cuando el jordanismo es derrotado Hernández ya ha decidido que es tiempo de acercar posiciones con Buenos Aires. A su regreso, en 1879, elegido diputado provincial por el Partido Autonomista Nacional, de reciente creación, da a la imprenta la segunda parte de su obra: “La vuelta de Martín Fierro”.

 

Mientras que “la Ida”, como se la conocerá de aquí en más a la primera parte del poema, resulta de una potencia notable, pese a sus momentos plañideros, la continuación (“la Vuelta”) se torna más honda, reflexiva. A Hernández no le es ajeno que el proceso político emprendido por el país se ha vuelto irreversible. Sabe que ya no tiene sentido exaltar la rebeldía solitaria de un personaje obligado a matar, sino que  es el momento de mostrarlo como ese alguien que para sobrevivir ha debido volverse algo taciturno y mansamente sentencioso. El desierto ya ha dejado de ser un refugio. Y el indio un aliado. Por el contrario, no resulta azaroso afirmar que todo lo que el gaucho representó para Sarmiento, para el autor ahora lo encarna el indio. Después de todo, la cuestión nacional continúa atenazada por la dicotomía que plantease el sanjuanino (civilización o barbarie), aún cuando Hernández haya intentado desplazar ese límite hasta el borde mismo del desierto. Un desierto que, más temprano que tarde, terminará siendo incorporado a la producción agrícola y en desmedro de la ganadera, aunque por cierto en gran parte sin aquella característica fundamental para el sanjuanino: la distribución latifundista de la tierra ganada estará, si no en las antípodas, muy lejos de lo que él imaginó imprescindible –como se dijo al principio- para el futuro del país.

 

 

…………………..

 

 

Mucho se ha escrito acerca del libro A su favor o en su contra, y casi sin términos medios, como suele ocurrir con las obras que resisten el paso del tiempo y se entregan al examen de las generaciones. Así, entre los detractores, están los que opinan que sus páginas resultan la endiablada metáfora de un país siempre en formación. Para otros, en cambio, representa el punto más alto de una tradición que organiza y a la vez clausura. Algunos arriesgan que su figura corresponde menos a la de un gaucho que a la de un orillero. Otros no trepidan en apodarlo “el bohemio de las pampas”. Para Leopoldo Lugones constituye una epopeya que, con sus elementos elegíacos, puede emparentarse sin complejos con lo mejor de la literatura épica. Ricardo Rojas suscribe esa opinión y lo coloca como piedra fundamental de nuestra identidad cultural. Ezequiel Martínez Estrada lee en sus páginas lo trágico (y hasta lo demoníaco) del destino común de los argentinos. Borges resuelve rescatar la amistad de Fierro con Cruz, ese tramo adonde una de nuestras pasiones dice presente. Para Leopoldo Marechal es "la materia de un arte que nos hace falta cultivar ahora como nunca: el arte de ser argentinos y americanos". Cuando el país comienza a poblarse de inmigrantes, en las primeras décadas del siglo XX, el libro es rescatado por una generación de criollos que lo erige como el numen de la nacionalidad. Los caprichos de la política lo enlodan o lo ensalzan, según sea el caso… Si hasta quien prosa estas líneas, nacido a mediados del siglo pasado en un pueblo del sudoeste de la provincia de Buenos Aires, puede dar fe de que por aquel entonces Martín Fierro era todavía una presencia. Un mito del que los mayores hablaban sin reparo. Como es de imaginar, nadie en la campaña creía en la existencia real de un gaucho apodado Fierro, pero de un modo misterioso el personaje había logrado encarnar en el corazón de aquellas gentes. “Lléguese hasta el abra por el camino de Fierro” –podía aconsejar, sin segundas intenciones, un paisano del lugar (en ninguna parte del libro hay constancia de que la acción transcurriese por aquellos pagos). Fue por la misma época, poblada de desencuentros, cuando el propio Borges habrá de lamentarse: "Creo que si hubiéramos resuelto que nuestra obra clásica fuera el “Facundo”, nuestra historia habría sido distinta. Creo que, razones literarias aparte, es una lástima que hayamos elegido el “Martín Fierro” como obra representativa, porque ella no pudo haber ejercido una buena influencia sobre el país…” Borges ignoraba, o fingía ignorar, que los pueblos no eligen un libro donde reflejarse, sino que siempre es el libro el que elige a su pueblo para prestarle la voz.

 

 

………………..

 

 

Es el año 2010. Ha pasado casi un siglo y medio, y el libro regresa una y otra vez desde el fondo de la historia para tendernos una mano. Quiero decir, para ayudarnos a saber quiénes somos, recordar de dónde venimos e intuir –tal vez- adónde vamos. Es cierto, a lo mejor para las nuevas generaciones  “Martín Fierro” haya debido contentarse con ser una idea ligeramente vaga, algún que otro verso devenido sentencia, o una mera divisa para quienes se han propuesto mantener algunas formas pretéritas. Suerte pareja, si la miramos bien, con la corrida por otras dos obras que revelaron también un destino de nación: “La Divina Comedia” para Italia y “Don Quijote de la Mancha” en la madre patria (el concepto de que a cada nación le corresponde un libro es viejo y tiene su origen en la religión). Sin embargo, tengo para mí que el gaucho Fierro, convenientemente adecentado, perdura también en ciertos gestos que se nos pasan desapercibidos tanto en la llanura como en la ciudad. Tal vez sea esos ojos que nos interrogan desde el andamio de una obra en construcción. El peón que detrás de un silbido largo reúne la hacienda en una estancia. Ese que pasa arriando sus penas camino a casa, después de una larga jornada en la fábrica. Uno que es empujado a engrosar con su presencia algún que otro acto político. Cualquier pobre diablo que no se resigna a que sus hijos tengan que marcharse, un día de estos, por los cuatro puntos cardinales.

 

 
PDF Imprimir E-mail
Miércoles, 23 de Marzo de 2011 14:48

LA MANO BLANCA

Salvador Canjura

 

Sólo existe un hecho más traumático que perder una mano, y eso es recuperarla. Tu vida debe acostumbrarse a las nuevas dimensiones de tu cuerpo, y no al contrario. Es un parto doloroso, lleno de sorpresas y caminos inesperados.
Cuando la gente notaba que me faltaba una mano cambiaban de rostro. El enojo, la indiferencia o la alegría se transformaban en lástima. En el autobús se apartaban de mi camino, me ofrecían sus asientos, y no podía evitar que sus ojos se clavaran en mi brazo mutilado. Solía usar camisas de manga larga para esconder el muñón, pero entonces las miradas iban hacia el espacio vacío, al lugar donde los dedos no tamborileaban porque no existían.
Cuando en la calle observaba a otro lisiado lo encontraba muy distinto a mí. A uno le faltaba un trozo mayor del brazo, el otro carecía sólo de sus dedos. Una vez encontré a una mujer a la que le faltaban los dos brazos, hasta la articulación con los hombros. No pude imaginar qué le había ocurrido. A veces intercambiaba miradas solidarias con estos extraños, con las que nos brindábamos consuelo momentáneo. El solaz duraba unos segundos y luego cada quien seguía su camino.
Pero aquél anciano que se parecía a Herman Hesse se acercó a mí y puso su única mano en mi hombro. Dijo que le recordaba a Raymond Carver. Me reí, porque nunca habría encontrado la semejanza en mi espejo, y por el contrario el anciano sí era muy parecido a Herman Hesse. Le caí simpático. Observó por unos segundos su brazo mutilado, luego mi carpeta donde asomaban unas páginas impresas llenas de correcciones.
-¿Usted también es escritor? –preguntó.
-En efecto –contesté-. Trabajo mis textos en computadora.
El anciano hizo un gesto de desdén.
-No hay nada mejor que la escritura a mano.
Me encogí de hombros y sonreí. No tenía intención de discutir sobre un asunto al que no le daba importancia. Me dio un par de palmadas en la cara. Buscó algo en el bolsillo de su camisa. Era un papel arrugado. Me lo entregó.
-Vaya a esta dirección. Ahí podrá cobrar el certificado.
Luego siguió su camino sin darme tiempo a nada más. Leí el papel y levanté la vista de inmediato.
-¿Qué clase de broma es esta? –le grité. Sentía cómo la sangre se agolpaba en mi cara.
No se volvió para verme. Siguió su camino e hizo un gesto de despedida.  Dijo que ya estaba muy viejo para segundas oportunidades, que me obsequiaba la suya. Dio la vuelta en una esquina y nunca más volví a encontrarlo.
No supe qué hacer con ese papel amarillento que decía, con toda claridad, que el portador tenía derecho a reclamar una mano.

Repetía en mi cabeza que el papel era sólo una broma de mal gusto. Pero ya que estaba cerca del lugar que indicaba el certificado pensé que no tenía nada que perder. Se trataba de un edificio antiguo, de tres plantas, con la pintura descascarada. Había un corredor largo desde la puerta principal hasta las escaleras que conducían a los pisos superiores. Subí a la segunda planta y encontré un corredor oscuro. A la mitad de éste había una mujer sentada frente a un escritorio invadido por expedientes. Me aproximé a ella con el certificado en la mano.
Los ojos de la mujer carecían de brillo, pero al ver el documento se llenaron de vida. Me invitó a sentarme en un sofá. Sacó una revista de una de las gavetas y la dejó sobre mis piernas. Me pidió que firmara en el dorso del certificado. Escribí mi nombre con la caligrafía urgente que aprendí en los años que siguieron a la pérdida de mi mano hábil. La mujer me pidió que esperara unos minutos. Se perdió detrás de una puerta de hierro y me dejó con la revista atrasada como única compañía.
Diez minutos después salió un doctor a saludarme. Tenía una negra y abundante barba que acariciaba cada quince segundos. Estudió mi muñón y dijo con tristeza que no podía hacer el trasplante, pues la mano que tenía en reserva era para un hombre de piel blanca y se vería muy extraña en un brazo moreno como el mío. Intercambió una mirada con la mujer, quien parecía desilusionada.
Le comenté al doctor sobre mi encuentro con el anciano, y las últimas palabras que me dedicó. El doctor intercambió de nuevo una mirada con la mujer, quien hizo un gesto afirmativo.
-Siendo así, tomaré eso como una cesión en toda regla y procederemos a efectuar el injerto.
Me llevaron a una habitación donde había una cama estrecha. Al acostarme vi cerca de mi cabeza una lámpara sobre una mesa de noche. El mobiliario era viejo y ruinoso. Por las ventanas entraba el sol de media tarde.
-Acuéstese y póngase cómodo –dijo el doctor.
Al acostarme aflojé mis ropas y esperé a que me llevaran una bata u otra ropa de hospital, pero fue en vano. Unos minutos después la mujer entró en la habitación con otra mesa, donde había jeringas y varios frascos con medicamentos. Me aplicó una inyección en el brazo y me dio un vaso de agua. Otro hombre, que supuse era también médico, entró a platicar con el que ya se encontraba ahí. No pasó mucho tiempo para que sintiera sueño.
Justo cuando iba a perder la conciencia cruzó por mi cabeza un pensamiento aterrador: ¿qué tal si todo había sido una charada? ¿Cómo podía estar seguro que estas personas no tenían otras intenciones? Lo primero que se me ocurrió es que podrían extirparme un riñón que luego venderían en el mercado negro. Los dos hombres se acercaron a la cabecera de la cama, extrañados quizá por los quejidos que alcancé a articular.

Cuando recobré la conciencia observé las ventanas. Era ya de noche y tenía frío. No sé por qué, pero en ese momento recité un poema en voz baja, entre balbuceos. Estaba desorientado, no recordaba qué era lo que había sucedido. A medida que pasaron los minutos recuperé el aplomo. Me toqué el pecho y el abdomen. Como pude revisé la parte baja de mi espalda en busca de alguna cicatriz que delatara una operación. No había nada. Luego observé el vendaje que me habían aplicado al final del brazo. Era obvio que había una mano debajo, que no podía mover porque las ligaduras estaban muy apretadas.
-El doctor, ¿dónde está el doctor?
La mujer se aproximó a mi cama y acomodó mi almohada. No dijo una palabra. Me dio un vaso que contenía un líquido dulce. Lo bebí de tres tragos y al poco tiempo sentí la pesadez del sueño que volvía a abrazarme. No desperté sino hasta la mañana siguiente.
Mi nueva mano es blanca y pecosa. Sus dedos son delgados y sus uñas tienden a crecer con mayor rapidez que las de la otra mano. Apenas se distingue la cicatriz en el punto de unión con el brazo que antes estaba mutilado. Se confunde con el brusco cambio de tonalidades de piel, del blanco al moreno. Durante los días que siguieron a la operación me apenaba que me vieran por la calle. Era igual de desagradable que cuando antes se detenían a observar mi muñón. Pensé que podría utilizar guantes, pero era absurdo. No los habría soportado en este clima del trópico.
Así como antes me había acostumbrado a tener sólo una mano tendría que hacerme a la idea que tenía dos de distinto color. Descubrí con sorpresa que no podía escribir con la mano blanca. Tardé varias semanas para recuperar la pésima caligrafía que practicaba con su antecesora, con esas letras grandes y rizadas que parecen un alambre enrevesado. A veces me sorprendía abotonando mi camisa sólo con la mano morena. Y así también con otras tareas cotidianas: marcaba un número de teléfono, abría las puertas y operaba el control remoto del televisor con ella. Tuve que tomar medidas drásticas: guardaba la mano morena en el bolsillo del pantalón y obligaba a la mano blanca a efectuar esas tareas.
En la calle las cosas no cambiaron mucho. Si antes la gente se quedaba embobada cuando notaba la falta de mi mano, su asombro cambió por el de mi mano blanca al final del brazo moreno. No faltó quien me preguntara por el contraste, así que inventé un par de explicaciones: una enfermedad de la piel, una reacción alérgica. Me fastidiaba la curiosidad de esos indiscretos. Pero con el tiempo, igual que antes, me acostumbré. Ignoré a los niños que dejaban de comer por mirar mi mano, y a las vendedoras que inquirían con lástima si sufría algún padecimiento.
Pero una tarde, en un autobús, tuve el encuentro más extraño de todos. Una joven hermosa, de tez blanca, subió al vehículo y se sentó cerca de mí. Rehuía de toda mirada, sus ojos estaban clavados en la ventana. Sacó un libro del bolso y se puso a leerlo con suma concentración. No sé por qué no me di cuenta antes de la mano morena que rompía la simetría de su tono de piel. Era una mano delgada, con dedos largos y huesudos, igual de bella que la otra, pero de un color diferente. Junto al libro el contraste era mayor. Una de ellas lo sostenía y la otra pasaba las páginas. Un brazalete de cuero cubría el sitio donde el tono de piel cambiaba de manera violenta, y supuse que también ocultaba la cicatriz que delataba el implante.
Las manos de la joven no pasaron inadvertidas para los pasajeros del autobús. Los niños no apartaban sus ojos de aquel contraste. Las madres obligaban a sus hijos a volver la vista en otra dirección, pero se veían atraídas por la mano morena de la joven durante un par de segundos. Hubo una que también se dio cuenta de mi mano, y se asustó ante lo que creyó el inicio de una epidemia. Dio un pequeño grito y se marchó con su niña al final del pasillo del vehículo. Se bajó con mucha prisa.
Fue por ese grito que la joven descubrió mi mano blanca. Su cara se llenó de sorpresa. No hice ningún intento por ocultarla. Volví mi rostro hacia ella y compartí una mirada cómplice, una pequeña inclinación de cabeza. Ella me miró a los ojos y sonrió por primera vez desde que abordara el autobús. Observó sus manos, alargó sus dedos y siguió sonriendo. Yo repetí el gesto. En esos breves segundos nos dijimos más de lo que habríamos logrado si hubiésemos hablado durante horas, si hubiésemos comparado nuestras historias, la llegada al consultorio, la reacción inicial luego de la operación.
Unos minutos después se levantó. Fue a la parte trasera del autobús y aguardó la llegada de la próxima parada, cerca de la biblioteca nacional. Antes de bajar volvió a sonreír. Se despidió con su mano morena, yo con mi mano blanca. Desde mi ventana la vi alejarse con rumbo al sol que bañaba la tarde.

 
PDF Imprimir E-mail
Viernes, 03 de Diciembre de 2010 09:42

MAURICIO ORELLANA

CIUDAD DE ALADO

15. Praviana y conexos (fragmento)

La Praviana es esa región de la ex-Segunda Avenida Norte (hoy Avenida Monseñor Oscar Arnulfo Romero) comprendida entre la Tercera Calle Oriente y la Juan Pablo Segundo.
Nadie puede decir que no es católica de nombre esta zonita. Católica no practicante. Sin embargo, nuestro punto de reunión —a las ocho de la noche— se encuentra apenas a media cuadra de la casona que habitamos: Cervecería El Baratazo, atendida por las «Mujeres de Piedra», travestis a quemarropa.
Hacia allá camino, y mi burro estómago tiembla más que una ramita en furioso celo con el viento. Estoy medio aturdido, casi al punto del arrepentimiento de último minuto que supongo debe de acompañar a estas primeras inmersiones en el planeta de las otras costumbres. Cuestionamientos previos y tormentos de rigor: ¿y si van y le cuentan a Xiomara?
Están ahí. Me reciben con una superfría hecha de espanto con boquita de jocote, y me presentan con Dinora, la dueña del sitio. Ella me invita a que escoja la próxima rola en la rocola Video Music que suena sus tex-mexes en la esquina.
—Por cortesía —me dice— y tal vez hasta bailamos.
Me levanto apenado. Leo la selección de la rocola: «Con una copa de vino», Vicente Fernández. «Siempre pienso en ella», Leo Dan. «Como tú», Los Temerarios. «Mujeres de piedra», Bronco... Y sin saberlo bien, escojo a Leo Dan.
El dueto de la mesa está cagándose de risa. La Dinora está como esperando, pero no me animo.
Como de viaje de muchas escalas se trata, partimos al epicentro. Según mis guías, es un viaje de calentamiento por una zona que de noche siempre he sabido evitar, aunque de día también ofrezca curiosos espectáculos.
Se me ha olvidado todo. A cuatro cervezas de la puesta en marcha logro entender lo ilusorio que es andar por La Praviana a estas horas de la noche.
Del Nuevo Rincón Marino hemos pasado a La Amistad y estamos ahora en Carolimar 2 (balde cervecero a $5.50), y nadie sabe el verdadero origen del nombrecito que da vida a la zona.
—Dicen que hace tiempo era lugar de tríos y mariachis —se aventura Alado.
La zona tomó nombre del viejo libadero y ahora, sin memoria histórica, significa zona de culeros y de transvestidos en el centro, así de simple.
Y esto es lo que hay acá: mujeronas atrapadas en cuerpos de hombres atrapados en ropas femeniles ajustadas a la vida alegre. Alegría a viva voz, jacarandosa y sensualona. Sida, si no te cuidás.
De pronto veo al Piero bailar bolero apechugado en las tetonas duras de una Marilyn desmejorada con un talento especial entre las piernas como para haberse llamado Manolón o Pedro el Grande en la otra vida, la del día.
Por quince pesos hay cuartucho y ducha en el traspatio, me informan; pero la curiosidad no llega a tanto. Sólo trato de no pasarme de la raya cervecera que marca el sentido común y las «buenas costumbres», aunque es una raya cada vez más difícil de ubicar.
Sin avisar, hay una mano brusca pegada con instant glue de seducción, buscando bulto en cremallera. Me dejo sentir ese roce prensado que atenaza fuerte, y no me incomoda del todo. Deben de ser las birras, me digo. Y hasta ahí.
—Estás rebuenote —me dice la roncona Lucha Villa dueña de las manos metiches, las de sólido cemento—. Cómo quisiera que me dieras una probadita —agrega.
Pero de verdad que sólo quiero más cerveza, y se lo hago ver sin ofenderla.
—Maloso —me dice.
Y si cambio de opinión, que la busque «por allá». Me guiña el ojo pardo y, dejando el puesto, aprovecha para despedirse de mi bulto.
Sin embargo, antes de irse «por allá», pasa pegándosele por detrás al Piero, quien ahora, en sandwich, ondea la pelvis a ritmo del Matador. La Marilyn y la Lucha Villa aprovechan y le meten mano por donde no deben. Mientras, con Alado, dos más hacen otro tanto «por allá», y yo parezco sorprendido al comprobar el hecho tan curioso de que la Pílsener siga sabiendo a Pílsener en La Praviana.
Diez minutos más y estamos adentro del taxi que nos lleva a una escala más lejana: discoteca llamada La Boca del Lobo, ubicada, según las señas, por un seminario católico, ¿no digo?
Como en el trayecto la cerveza ya ha perdido parte de su buen efecto, sufro ahora los embates del inevitable sinsabor de caminata pública que inicia en taxi y termina a las puertas del bar. Pagamos el cover después de la previsible revisión por-si-las-armas, y nos pasan los boletos por una ventanilla incrustada en la puerta blindada. Alado ha prometido una sorpresa en el lugar.
Entramos. Son las doce. Me le pego al Piero por aquello del amparo psicológico tan necesario en estos casos. «¿Todo bien?», me pregunta Alado, temiendo quizá una deserción imprevista. Yo asiento sin verlo: blanco expósito en inclusa ajena, estoy clavado al suelo como espantapájaros que pasa revisión a la cosecha de expectativas en semilla, como para ver si crecen tallos a mi alrededor o si simplemente se desvanecen en el humo sin suelo de cigarros prendidos a todo vapor.
El oscuro planetoide es una barra lateral y al fondo dos pequeñas pistas de baile y minibarra. Todo él es un estado de negación de rigorosas apariencias mantenidas en días de semana en oficinas. Juego de luces, espejos y sonido estridente acompañan las maromas de los muy discretos fantasmas de la noche.
Luego de observar que contra lo esperado nadie repara en mi persona, me adentro un poco más y a manera de pez tras el vidrio de mi pecera mental estudio detenidamente el decorado.
Excepción hecha a la virilidad semidesnuda exhibida en los carteles pegados por doquier, la paradoja se me hace evidente: un lugar bastante masculino. Motos, cadenas, pedazos de autos que cuelgan de las paredes. Todos en su mundo. Un montón de individualidades reunidas por una preferencia en común. De pronto ha valido la pena el viaje: poner a prueba prejuicios, volarle los sesos a esquemas.
Alado y el Piero parecen ser muy conocidos en el sitio. Todo es abrazos y jolgorio. Estamos montados en una especie de cacería sorda que ejecuta la exasperada búsqueda de mundos afines a los que poder pertenecer.
Tras la barra, el sacerdote. No hay biblias ni cantos gregorianos. Condones en grial. Última cena de todos los sábados. Sombras oficiando la alegría de estar vivos. Signos de fe en el más allá.
Hay alguien intentando acercarse a Alado en la marea de codos, rostros y empujones perfumados. Alguien especialmente niño asustadizo, queriendo salvarse de estar solo, de haber esperado solo quizá por horas. Se lo ve aliviado cuando alcanza el objetivo. «Al fin», parece decir con la sonrisa.
Es un chavito de luz inadaptada, haciendo, a lo mejor, primeras incursiones por aquí. Dudable que llegue a los dieciocho.
El Piero se despide para irse donde el Efra y su pareja, y el chavito aprovecha el chance para hablarme.
—¿Sos Manuel? —me pregunta al oído, y acariciando mi oreja siento el roce de la timidez que lleva prendida en los labios.
—Es de los nuestros —dispara Alado—. Precoz poeta que va a dar mucho de qué hablar en unos años. Vas a ver.
—También he escrito cuentos —me dice con entusiasmo comedido—. Me gustaría enseñártelos algún día.
—Algún día, sí, con mucho gusto —me oigo diciéndole al oído—. Igual le echás una ojeada a los míos.
—Me entusiasmaría mucho. Ya sabés: tener con quién platicar de estos rollos. Para mí sería un honor.
—¿Honor? Estás loco —le he dicho—. Pura liga de ascenso.
—Pues imaginá cómo estaré yo —me dice, con sonrisa de íncubo sumiso—. Alado asegura que sos muy bueno —agrega.
—Alado es un cabrón.
No me responde. Solamente me mira como intentando repetir que soy muy bueno, esta vez con los ojos negros enmarcados por un par de cejas hipnóticas, absolutamente dóciles. Comienzo a sospechar un algo de trampa en todo esto; y Alado debe de estar metido hasta las alas en ello.
Me excuso con el coleguita y me llevo a Alado aparte, bajo el pretexto de hacer valer en la barra, la birra que dan con el pase de entrada.
—¿Y entonces? —le he dicho.
—Todo tuyo —me dice—. Un ambiguo virgencito. Poeta, además, qué más querés. Está que se muere por probar.
—Pues si creés que...
—Las birras —me dice—. Después pensás si hacés o no, verga. Mientras tanto, platicá con él y tomate unas cuantas.

A las dos y media de la madrugada ya nos hemos hecho íntimos colegas con el poeta. Hemos hablado, bailado y chistado. Ya los mundos de afuera son otros. Todo es abrazos, insinuaciones y un hablar de aliento cálido en los oídos. El íncubo en el aire, incendiándome las erecciones en el escatimoso intento de hacerlas explotar a base de susurros. «Bienvenido sea», accedo sin querer, como los sistemas automáticos hacen abrirse una puerta mediante un impulso eléctrico. Son las cuatro y salimos.
Dando tumbos hemos logrado avanzar hacia un taxi y Alado ordena que nos lleve al hogar. El mundo de afuera es luces extrañas y ronquera de oídos, las voces reverberan sordas, como si se estuviesen produciendo en mi cabeza. Luceros rojos, chispas amarillas y nebulosas blanco-verdosas veo pasar a los lados. Una congestión extraña se ha enroscado como ofidio en mi vientre, y un ardor helado afloja mis brazos, impulsándome al abandono.
Como tele-transportados, de pronto estamos ya en mi habitación. El tiempo ha dado un salto y ya no hay ropas, sólo torsos desnudos, siluetas hechas de manchas de deseos que se prenden a la piel, pieles que empujan y aprietan, resoplan. Jadean unos labios acuosos, tiernos, orificio de voces que sudan bálsamo eréctil, oleadas del líquido amniótico de mis ganas repentinas imposibles de aplacar. A pesar de las cervezas y su efecto, un emponzoñado cargo de conciencia se ha posado sin citatorio sobre mis hombros; pesa, pero pronto lo dejo disiparse. Pueden más las repentinas ganas inclementes de...

 

Última actualización el Viernes, 03 de Diciembre de 2010 16:25
 


Ultimos articulos

Santiago Bosco 25 Agosto 2011, 09.34 invitado
Leer más.. 171 Hits
Yo… Escritora 25 Agosto 2011, 09.33 Arte
Leer más.. 213 Hits
Uno de los tantos Precios de la Democracia... 25 Agosto 2011, 09.30 Politica
Leer más.. 252 Hits
Los “Rezagados” de otros Sistemas… 25 Agosto 2011, 09.28 Filosofia
Leer más.. 250 Hits
Una faceta de Carlota de Austria: protagonista de la historia mexicana 25 Agosto 2011, 09.26 Historia
Leer más.. 261 Hits
Realidades que aún nadie quiere Ver… hoy con más Presencia: la Sexualidad 25 Agosto 2011, 09.23 Sexualidad
Leer más.. 213 Hits
Los niños… ni tan inocentes, ni tan sabios, que va 25 Agosto 2011, 09.20 Psicologia
Leer más.. 326 Hits
Los Espacios comunes en los que caemos todos… 25 Agosto 2011, 09.17 EDITORIAL
Leer más.. 205 Hits